Por Nicolás Nocino,
un 22 de enero 2021
Suelo pensar que si existen dos fenómenos
igual de intrigantes, de complejos y maravillosos son, primero, todo aquello
que sucedió para que en mi mesa tenga un plato de comida, y segundo, todo
aquello que sucederá luego de que pase cada bolo a la faringe con su mundo
microscópico de procesos involuntarios.
La
complejidad de la trama de sucesos interrelacionados que van desde decisiones
geopolíticas estratégicas (qué país siembra, qué país industrializa), pasando
por la geografía y el clima que favorecen o perjudican la siembra de ciertos
alimentos o cría de ciertos animales, los factores históricos y culturales que
nos dicen qué es comida y qué no, los factores económicos y políticos que
influyen en las conveniencias en tanto alimento es igual a ganancia
(commodities), con el juego de importación/exportación, transportes y
logísticas, encarecimiento por intermediarios, distribuidores mayoristas y
minoristas, almacenes grandes y de barrio, entre paquetes que protegen y
conservan los nutrientes y los packagings marketineros descartables que tardan
siglos en biodegradarse y engañan a los inadvertidos… pasando por las
preferencias familiares, las tradiciones de origen, la publicidad alimentaria,
mi estado emocional interno… todo, todo, todo eso, influyó en lo que puse en mi
mesa, en esa empanada que llegó a mi plato y la comí con gusto.
Pero
lo más maravilloso, quizá, viene después que la tragué. Cada molécula de cada
nutriente que la componía comienza su propio camino vertiginoso, con un
objetivo diferente en el organismo: carbohidratos, proteínas, lípidos,
vitaminas, minerales, agua, fitonutrientes, antioxidantes, enzimas, ácidos
nucleicos, etc., servirán para que este cuerpo en su totalidad los aproveche,
los transforme mediante miles de procesos inconscientes y simultáneos por
segundo durante las próximas horas para mantener su homeostasis, su equilibrio.
Y, en definitiva, sea movimiento, calor o estructura.
En
ayurveda los sabios rishis fueron un paso más. Declararon que de lo más
sutil de los elementos de la materia, surgen esencias muy sutiles que conforman
la mente. La mente, ese continuo inmaterial que los budistas consideran que su
función principal es percibir y comprender objetos, se conforma de un fino
destilado energético del alimento.
O
sea que no solamente mi brazo, mi pierna, mi fémur, mi pelo están construidos
minuciosamente por la materia que ingerí durante mis meses y años anteriores,
sino que mis pensamientos y emociones que surgen durante la cotidianeidad
TAMBIÉN son elaborados por aquello que bebo, como o comí.
Surge
de una mentalidad profundamente materialista como la que padecemos en
occidente aquello de que solamente somos materia, esta que vemos y tocamos, y que
nuestro alimento solamente nos proporciona materia y en última instancia
ciertos enlaces químicos que pueden al romperlos
brindarnos energía. No comprendemos que también somos energía y diferentes
tipos de energía, diferentes capas, a diferentes vibraciones y emisiones
electromagnéticas.
Imaginemos
que cada cuerpo en el espacio emite con su vibración una determinada emisión
electromagnética: esta turmalina, este lápiz, la gata, esta pantalla… ¿Cómo una
manzana llena de vida no va a tener una vibración particular y diferente a la
que pueda emitir una galletita ultraprocesada? ¿Cómo este organismo con la
multiplicidad de procesos bioquímicos por segundo (literalmente millones), la
complejidad de la fisiología de cada una de mis células, tejidos y órganos, lo
inconmensurable de mi flora bacteriana con la que convivo (que al menos triplican
en número a mis propias células), que están vivas y con sus propios procesos
metabólicos, con la energía percibible de mis pensamientos y emociones… cómo no
vamos a considerarnos seres que vibran?
Sin
miedo a equivocarme, aquello que comemos, nos hace vibrar diferentes. Hay
energías más densas y las hay más sutiles. Las hay más elevadas y más
terrenales. La macrobiótica y medicina tradicional china insisten que hay una
polaridad yang (carnes, sal, etc.) y una yin (vegetales, dulces, etc.), que de
acuerdo a la polaridad predominante que comamos estaremos atrayendo una u otra
a nuestra vida, por ejemplo, sentiremos atracción o repulsión por lo celestial
o por lo terrenal, o estaremos en equilibrio si preferimos aquellos de energía
centrada (cereales integrales, legumbres, semillas, frutos secos) y nuestro chi
circulará libremente sin estancarse y producir enfermedades.
Más
allá de la cuestión que atraviesa lo que comemos (sea que lo abordemos desde el
lente antropológico histórico sociocultural geopolítico y económico, sea que lo
abordemos desde el lente que ve la molécula de glucosa que ingresa al ciclo de
Krebs y dios sabe cómo se produce energía de ahí, o desde lo vibracional y
sutil y sus efectos en mente-cuerpo-alma), el alimento nos construye, nos
define, nos identifica. Y también desde el alimento podemos crear nuevas
relaciones, alterar estructuras, redefinir futuros y construir ecologías. Sigo
confiando en que la revolución está en mi plato: la interior y la exterior.
Sin
corrección a la fecha, archívese hasta forme parte de algo más grande, que le
de sentido y lo trascienda.

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