viernes, 2 de septiembre de 2022

La revolución está en mi plato – parte II

 

Por Nicolás Nocino,
un 22 de enero 2021

 

 

Suelo pensar que si existen dos fenómenos igual de intrigantes, de complejos y maravillosos son, primero, todo aquello que sucedió para que en mi mesa tenga un plato de comida, y segundo, todo aquello que sucederá luego de que pase cada bolo a la faringe con su mundo microscópico de procesos involuntarios.

La complejidad de la trama de sucesos interrelacionados que van desde decisiones geopolíticas estratégicas (qué país siembra, qué país industrializa), pasando por la geografía y el clima que favorecen o perjudican la siembra de ciertos alimentos o cría de ciertos animales, los factores históricos y culturales que nos dicen qué es comida y qué no, los factores económicos y políticos que influyen en las conveniencias en tanto alimento es igual a ganancia (commodities), con el juego de importación/exportación, transportes y logísticas, encarecimiento por intermediarios, distribuidores mayoristas y minoristas, almacenes grandes y de barrio, entre paquetes que protegen y conservan los nutrientes y los packagings marketineros descartables que tardan siglos en biodegradarse y engañan a los inadvertidos… pasando por las preferencias familiares, las tradiciones de origen, la publicidad alimentaria, mi estado emocional interno… todo, todo, todo eso, influyó en lo que puse en mi mesa, en esa empanada que llegó a mi plato y la comí con gusto.

Pero lo más maravilloso, quizá, viene después que la tragué. Cada molécula de cada nutriente que la componía comienza su propio camino vertiginoso, con un objetivo diferente en el organismo: carbohidratos, proteínas, lípidos, vitaminas, minerales, agua, fitonutrientes, antioxidantes, enzimas, ácidos nucleicos, etc., servirán para que este cuerpo en su totalidad los aproveche, los transforme mediante miles de procesos inconscientes y simultáneos por segundo durante las próximas horas para mantener su homeostasis, su equilibrio. Y, en definitiva, sea movimiento, calor o estructura.

En ayurveda los sabios rishis fueron un paso más. Declararon que de lo más sutil de los elementos de la materia, surgen esencias muy sutiles que conforman la mente. La mente, ese continuo inmaterial que los budistas consideran que su función principal es percibir y comprender objetos, se conforma de un fino destilado energético del alimento.

O sea que no solamente mi brazo, mi pierna, mi fémur, mi pelo están construidos minuciosamente por la materia que ingerí durante mis meses y años anteriores, sino que mis pensamientos y emociones que surgen durante la cotidianeidad TAMBIÉN son elaborados por aquello que bebo, como o comí.

Surge de una mentalidad profundamente materialista como la que padecemos en occidente aquello de que solamente somos materia, esta que vemos y tocamos, y que nuestro alimento solamente nos proporciona materia y en última instancia Imagen que contiene plato, tabla, interior, comida

Descripción generada automáticamenteciertos enlaces químicos que pueden al romperlos brindarnos energía. No comprendemos que también somos energía y diferentes tipos de energía, diferentes capas, a diferentes vibraciones y emisiones electromagnéticas.

Imaginemos que cada cuerpo en el espacio emite con su vibración una determinada emisión electromagnética: esta turmalina, este lápiz, la gata, esta pantalla… ¿Cómo una manzana llena de vida no va a tener una vibración particular y diferente a la que pueda emitir una galletita ultraprocesada? ¿Cómo este organismo con la multiplicidad de procesos bioquímicos por segundo (literalmente millones), la complejidad de la fisiología de cada una de mis células, tejidos y órganos, lo inconmensurable de mi flora bacteriana con la que convivo (que al menos triplican en número a mis propias células), que están vivas y con sus propios procesos metabólicos, con la energía percibible de mis pensamientos y emociones… cómo no vamos a considerarnos seres que vibran?

Sin miedo a equivocarme, aquello que comemos, nos hace vibrar diferentes. Hay energías más densas y las hay más sutiles. Las hay más elevadas y más terrenales. La macrobiótica y medicina tradicional china insisten que hay una polaridad yang (carnes, sal, etc.) y una yin (vegetales, dulces, etc.), que de acuerdo a la polaridad predominante que comamos estaremos atrayendo una u otra a nuestra vida, por ejemplo, sentiremos atracción o repulsión por lo celestial o por lo terrenal, o estaremos en equilibrio si preferimos aquellos de energía centrada (cereales integrales, legumbres, semillas, frutos secos) y nuestro chi circulará libremente sin estancarse y producir enfermedades.

Más allá de la cuestión que atraviesa lo que comemos (sea que lo abordemos desde el lente antropológico histórico sociocultural geopolítico y económico, sea que lo abordemos desde el lente que ve la molécula de glucosa que ingresa al ciclo de Krebs y dios sabe cómo se produce energía de ahí, o desde lo vibracional y sutil y sus efectos en mente-cuerpo-alma), el alimento nos construye, nos define, nos identifica. Y también desde el alimento podemos crear nuevas relaciones, alterar estructuras, redefinir futuros y construir ecologías. Sigo confiando en que la revolución está en mi plato: la interior y la exterior.

 

 

Sin corrección a la fecha, archívese hasta forme parte de algo más grande, que le de sentido y lo trascienda.

 

 

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