viernes, 2 de septiembre de 2022

De poesía, oscuridad y posibilidades

 De poesía, oscuridad y posibilidades

Cierta vez, remando sobre aguas quietas en tiempos agitados, y al reparo del viento externo e interno, el compañero de navegación me relató:

- Alguien, se preguntó una vez si podría haber poesía en el mundo luego de Hiroshima y Nagasaki, y sus conclusiones apuntaban a que ya no era posible. Pero yo me atrevo a decir que, ¡al contrario! -refutaba sólido el compañero- es cuando más poesía tiene que haber en el mundo. De lo contrario, el enemigo logró su cometido. 

Creo que se refería al filósofo alemán Adorno, que creía que “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. Pero al fin y al cabo lo más que interesante es su refutación: parece ser que, en momentos de oscuridad, es cuando más útil se vuelve una pequeña vela. 

En clave y metáfora kayakista, más necesaria se vuelve la estabilidad de uno mismo arriba del bote, cuanto más tempestuoso sea el clima y más altas las olas que te quieran voltear.

Ya que bastante oscura y tempestuosa se puso la cosa afuera, tenemos que intentar que por dentro no pase lo mismo, aunque el mundo tire para abajo. Y como más vale encender una vela 


que maldecir la oscuridad, me acordé del amigo Galeano, que siempre con su punto de vista, aclara las vistas y esperanza los corazones:

“Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable”.

A mi ego le gusta pensar que está en su misión acabar con la pobreza y el subdesarrollo, socializar los medios de producción y expropiar las cuevas de los ladrones de siempre. Pero, con el tiempo, suceden dos cosas: no solamente que no se alcanza semejante tarea, sino que además se pierde la alegría. Disminuye la alegremia, diría Monsalvo. Esa alegría que, si se va, nada nos deja más en soledad.

Así, tal vez, de a un solo acto por vez y aunque sea poquito, vamos sacudiendo con pequeños actos el polvo que le queremos quitar al mundo y a esa parienta de la alegría, la esperanza, que se resiste todavía a desahuciarse. 


Nico, invierno del 2020


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