El 8 de septiembre de 2023 me preguntan en una reunión de la Comisión Directiva (CD) de la Asociación Civil La Higuera si podía pasar a ser el presidente, ya que, por diversos motivos, el presidente actual y la vice iban a renunciar a sus cargos.
Tal propuesta o solicitud me llenó en principio de miedo e incertidumbre y a la vez alegría y honra. Muchas emociones a muy alta intensidad mezcladas. Las primeras, tenían que ver en lo profundo con mis competencias para tal cargo, o capacidades personales, o tiempos disponibles (ya que entre el poliempleo y mi hija de 1 año y 4 meses me encontraba bastante ocupado), o incluso en cierta desactualización de los programas y proyectos actuales de La Higuera en territorio.
Si bien seguía perteneciendo
a la CD y participando de sus reuniones periódicas, había actividades de las
que no estaba tan empapado. O no lo suficientemente como para este salto de
responsabilidad propuesto. Incluso hubo en un periodo participantes y
voluntarios/as que no llegué siquiera a conocer.
Luego de mi último viaje en
mayo de 2020, vuelto en plena pandemia y aislamiento social y preventivo, mi
ritmo de viajes mensuales se detuvo drásticamente y mi participación tan activa
que mantenía hacía varios años en la Asociación fue mermando. Debí buscarme
nuevos trabajos en Rosario que me acotaron las vacaciones y posibilidades de
viajar tan seguido; luego con mi pareja tuvimos a Vera que vino a
revolucionarnos el mundo de amor como muchos habrán experimentado (y de demanda
temporal-física-psicológica-económica…etc), de forma simultánea comenzamos la
construcción de nuestra casa, obra que nos llevó casi 2 años y recién ahora
podemos decir que nos acomodamos.
Las segundas emociones, alegría
y honra, tienen que ver con que hace 10 años atrás cuando conocí al Galu
(Gustavo Farrugia, miembro fundador) y a La Higuera, una profunda admiración me
envolvió y supe que era un lugar de servicio maravilloso al que quería servir,
entregarme y pertenecer. Como persona y como futuro profesional. Cada una de
sus aristas me parecían de otro planeta. Como el Galu mismo, un ser
extraordinario.
Hay gente que nunca le pasó nada que le haya cambiado
la vida.
No es mi caso: las realidades
que vi en el Impenetrable Chaqueño en mi primer viaje me cambiaron para
siempre; y me comprometieron como persona y como profesional. Era
septiembre de 2015, y viajaba como Lic. en Nutrición recién recibido, y
estudiante del “Curso anual de Pediatría Rural, Social y Comunitaria” que La
Higuera brindaba con la Univ. Nacional de Rosario.
Si bien creía haber adquirido alguna
herramienta para intentar ayudar en algo a alguien, me di cuenta pronto de que
no. Lo profundo y complejo de la trama sociocultural que subyacía y se
evidenciaba en la falta de acceso a la salud, en la falta de agua de consumo
humano, o en la inseguridad alimentaria me indicaban que no era posible actuar
solo, ni con simples soluciones aisladas como meros parches asistenciales
insignificantes en semejante miseria y desidia estatal.
La salud, la conciencia social
y ambiental, el amor al otro y el servicio al otro, la entrega desmedida, la
ciencia y medicina social, rural y comunitaria, lo artístico y místico-musical,
la educación y formaciones que se brindaban, el compañerismo, la visión
integral de las problemáticas en el Impenetrable Chaqueño junto a la alegría
del hacer. Tanta gente hermosa (pero hermosa en serio) poniendo lo más
noble de su corazón, no podían engendrar algo sino hermoso en medio del barro.
Es que en retrospectiva a La
Higuera la veo así: un lugar donde una sucesión de gente hermosa fue haciendo
cosas hermosas con el corazón. Mucha cabeza también, por supuesto:
visión estratégica, planificaciones, alianzas y convenios, estructuras
generadas y sostenidas, inversiones, capacitaciones internas, y demás elementos
de una institución seria que se sostiene hace 20 años y tanta gente, empresas y
organizaciones confían…- pero el que pasó por La Higuera, sabe de esa magia
que la distingue: sabe que hay corazón.
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